Pete Hegseth acaba de descubrir lo que sus predecesores ya sabían: prometer la guerra es más fácil que llevarla a cabo. Al anunciar ayer que "el ejército estadounidense impediría que Irán estrangule el estrecho de Ormuz", el nuevo secretario de Defensa entregó exactamente lo que se esperaba de él: espectáculo sin sustancia.

Porque detrás de esta declaración estruendosa se esconde un vacío estratégico abismal. Ningún detalle sobre los medios, ningún calendario para la escolta de los buques civiles, ninguna explicación sobre cómo Washington planea proceder. Como informa el New York Times, Hegseth se limitó a una fórmula impactante sin manual de instrucciones. Es exactamente el tipo de política exterior por tweet que se pensaba haber dejado atrás.

El estrecho de Ormuz no es un patio de juegos para aprendices de estrategas. Esta vía fluvial de 34 kilómetros de ancho ve transitar el 21% del petróleo mundial. Cuando Teherán amenaza con cerrarlo, los precios se disparan instantáneamente. Cuando Washington promete abrirlo por la fuerza, la escalada está asegurada. Entre ambos, hay esa cosa anticuada que solía llamarse diplomacia.

Pero ahí radica el problema: esta administración Trump 2.0 parece convencida de que la geopolítica se reduce a un concurso de declaraciones viriles. Por un lado, flexibiliza las restricciones sobre las entregas rusas —un gesto que se supone calma los mercados petroleros. Por el otro, agita la espada contra Irán. Resultado predecible: los precios siguen siendo volátiles y las tensiones aumentan. Cuando se navega a la vista, se termina chocando contra los arrecifes.

La ironía de la situación merece que nos detengamos en ella. Aquí hay una administración que hizo campaña bajo el lema "América Primero" y que se encuentra prometiendo escoltar petroleros en el Golfo Pérsico. Aquí hay un presidente que denunciaba las "guerras sin fin" y cuyo secretario de Defensa amenaza implícitamente con desencadenar una nueva. La coherencia nunca ha sido el fuerte de Trump, pero aquí se alcanzan nuevas alturas.

Porque, al final, ¿qué significa concretamente "impedir que Irán bloquee el estrecho"? ¿Es necesario mantener permanentemente una flota de guerra? ¿Bombardear preventivamente las bases navales iraníes? ¿Establecer una zona de exclusión aérea? Hegseth no lo dice, y por una buena razón: cada una de estas opciones implica costos astronómicos y riesgos de escalada incontrolables.

Irán, por su parte, no es tonto. Teherán sabe perfectamente que Washington está faroleando. Los Guardianes de la Revolución han pasado décadas perfeccionando su estrategia de guerrilla naval en estas aguas que conocen de memoria. Sus lanchas rápidas, sus minas submarinas y sus misiles costeros pueden convertir el estrecho en una trampa mortal para cualquier flota. No hace falta ser Sun Tzu para entender que la ventaja táctica les pertenece.

Pero lo más revelador en este asunto es la total ausencia de una visión a largo plazo. ¿Qué pasará cuando Irán ponga a prueba la determinación estadounidense? ¿Qué hará Washington si Teherán se limita a "incidentes" aislados, fallas misteriosas, retrasos inexplicables? ¿La guerra total por unas pocas horas de bloqueo? ¿La escalada gradual hasta el punto de no retorno? Hegseth no dice nada al respecto, porque probablemente él mismo no lo sabe.

Esta política de gesticulación revela sobre todo la infantilización del debate estratégico estadounidense. Como si los votantes fueran incapaces de entender las sutilezas de la geopolítica. Como si prometer soluciones simples a problemas complejos se hubiera convertido en la norma. ¿Irán amenaza? Se amenaza más fuerte. ¿Los precios suben? Se promete hacerlos bajar. Y que importa si la realidad resiste a estas invocaciones.

Lo más inquietante es que esta retórica vacía termina por crear sus propias limitaciones. A fuerza de prometer firmeza, la administración Trump se encuentra atrapada por sus propias declaraciones. Si Irán llama el farol estadounidense —y lo hará—, Washington tendrá que perder la cara o escalar. En ambos casos, el fracaso está asegurado.

Porque, en el fondo, esta crisis revela el callejón sin salida de la política exterior estadounidense contemporánea. Prisionera de sus propios mitos, incapaz de pensar más allá del ciclo electoral, oscila entre el aislacionismo y el intervencionismo sin nunca encontrar un equilibrio. Hegseth es el símbolo perfecto: un hombre que promete la guerra sin saber cómo llevarla a cabo, ni siquiera si es necesaria.

El estrecho de Ormuz permanecerá abierto, como siempre lo ha estado. No gracias a las fanfarronadas de Washington, sino porque su cierre perjudicaría tanto a Irán como al resto del mundo. La geopolítica, a diferencia de los tweets, aún obedece a las leyes de la física.