Ayer, Israel mató al ministro iraní de inteligencia Esmaeil Khatib en un ataque "dirigido" en Teherán. No en una zona de guerra. No en un país tercero. En la capital iraní. ¿Y la reacción internacional? Un silencio ensordecedor salpicado de algunas "preocupaciones" diplomáticas tan blandas como un soufflé fallido.
Bienvenidos al nuevo mundo, donde asesinar a un ministro de un país soberano en su propia capital se convierte en una "operación de seguridad" que se anuncia con orgullo en Twitter.
El arte de matar sin consecuencias
Según France 24, Israel declaró que su ejército estaba "autorizado a matar a cualquier figura senior de la República Islámica que esté en su punto de mira." Traducido: tenemos una lista de compras, y la estamos marcando metódicamente. Khatib no era más que el plato principal — el día anterior, era Ali Larijani, jefe de seguridad iraní, quien pasaba a la olla.
Esta estrategia habría hecho gritar al mundo entero si viniera de China, Rusia, o incluso de Estados Unidos. Imagina a Xi Jinping anunciando que va a "eliminar a cualquier líder taiwanés que esté en su punto de mira." Imagina a Putin declarando la caza abierta sobre los ministros ucranianos. La ONU convocaría una sesión de emergencia antes de que la tinta del comunicado se secara.
Pero cuando es Israel quien mata a iraníes? Circulen, no hay nada que ver.
El doble rasero occidental en acción
Veamos cómo reaccionan nuestros cuatro países ante esta escalada:
Estados Unidos: Biden murmura algo sobre el "derecho de Israel a defenderse" mientras evita cuidadosamente mencionar que matar a un ministro en su capital es, técnicamente, un acto de guerra. Washington, que ha pasado décadas predicando el derecho internacional, de repente descubre las virtudes del silencio diplomático.
Canadá: Trudeau, fiel a sí mismo, llama a la "desescalada" — lo que, en lenguaje diplomático canadiense, significa "no aprobamos pero no haremos nada." Ottawa domina el arte de la reprobación blanda desde hace décadas.
Francia: Macron, que se presenta como guardián del orden internacional cuando le conviene, permanece extrañamente discreto. Difícil dar lecciones de soberanía cuando se cierran los ojos ante el asesinato de un ministro extranjero.
China: Pekín, irónicamente, es el único que denuncia claramente estas "violaciones flagrantes del derecho internacional." Cuando China da lecciones de respeto a la soberanía a Occidente, es que algo está seriamente mal.
La normalización de la impunidad
Lo que está sucediendo hoy va mucho más allá del conflicto israelo-iraní. Estamos presenciando la creación de un precedente aterrador: un país ahora puede asesinar a los líderes de otro país en su propio territorio, anunciarlo públicamente, y salir impune con solo unos fruncimientos de ceño diplomáticos.
Como informa el New York Times, esta escalada se inscribe en una estrategia israelí de "decapitación" del régimen iraní. ¿El problema? Esta estrategia transforma Oriente Medio en el Salvaje Oeste, donde cada país puede decidir unilateralmente quién merece vivir o morir.
Irán, a pesar de todos sus defectos — y Dios sabe que los tiene —, sigue siendo un Estado soberano reconocido por la ONU. Sus líderes pueden ser autócratas, teócratas, enemigos de Israel, pero siguen siendo los representantes legales de 85 millones de iraníes. Matarlos en su capital es violar todos los principios que rigen las relaciones internacionales desde 1945.
La hipocresía de los "valores occidentales"
Lo más indignante de esta historia? La hipocresía occidental. Pasamos nuestro tiempo sermoneando a Rusia sobre Ucrania, a China sobre Taiwán, a Irán sobre sus injerencias regionales. Alzamos el derecho internacional como un estandarte sagrado — excepto cuando nuestro aliado lo pisotea alegremente.
Esta selectividad moral no pasa desapercibida en el resto del mundo. ¿Cómo puede Occidente pretender defender un "orden internacional basado en reglas" cuando aplica estas reglas de manera variable?
Según CNBC, Israel justifica estos asesinatos por la "amenaza existencial" que representa Irán. De acuerdo. Pero si cada país puede invocar la "amenaza existencial" para justificar el asesinato de líderes extranjeros, entonces acabamos de abrir la caja de Pandora.
Irán, víctima a pesar de sí mismo
No lloro por el destino de Esmaeil Khatib. El hombre dirigía los servicios de inteligencia de un régimen que oprime a su pueblo y desestabiliza la región. Pero su muerte plantea una pregunta fundamental: ¿quién decide quién merece morir? ¿Y según qué criterios?
Irán financia a Hezbollah, Hamas, los hutíes. Israel asesina a científicos, generales, ministros. Ambos países se han estado librando una guerra por poder durante décadas. Pero hay una diferencia crucial: Irán actúa en la sombra, Israel reivindica sus crímenes a plena luz.
Esta transparencia en el asesinato político debería alarmarnos más que las maniobras subterráneas iraníes. Porque normaliza la idea de que un Estado puede matar a quien le plazca, donde le plazca, siempre que tenga la fuerza militar para hacerlo.
El silencio cómplice
Lo más inquietante de este asunto? El silencio. No hay manifestaciones en las capitales occidentales. No hay resoluciones de emergencia en la ONU. No hay sanciones económicas. Solo un encogimiento de hombros colectivo, como si asesinar a un ministro extranjero se hubiera vuelto tan banal como un embotellamiento matutino.
Esta indiferencia revela nuestra hipocresía fundamental. Nos indignamos cuando Putin envenena a sus opositores, pero permanecemos en silencio cuando Israel bombardea a ministros iraníes. Denunciamos los "asesinatos selectivos" chinos en Hong Kong, pero encontramos normal que Israel practique la misma política en Teherán.
Esta selectividad moral no nos convierte en defensores de la democracia. Nos convierte en cómplices de la anarquía internacional.
Veredicto: 9/10 por la eficacia militar, 2/10 por el respeto al derecho internacional, 0/10 por la coherencia occidental. Cuando normalizamos el asesinato político, no construimos la paz — preparamos el caos.
