Era de esperar. Donald Trump, de regreso a la escena política, no pudo resistir la tentación de transformar la justicia israelí en un peón en su tablero geopolítico. Su presión sobre Benjamin Netanyahu para obtener un indulto presidencial, revelada hoy por el New York Times, ilustra perfectamente esta nueva era donde el Estado de derecho se convierte en una variable de ajuste diplomático.

La respuesta de la oficina legal israelí es de una claridad refrescante: "el primer ministro solo debería ser indultado si renuncia, confiesa o es condenado." En otras palabras: no hay regalo sin contraprestación. Esta posición, por firme que sea, no oculta el embrollo de un sistema judicial atrapado entre sus principios y las presiones internacionales.

El arte trumpiano del intercambio

Porque no nos engañemos: esta intervención de Trump no tiene nada de altruista. Se inscribe en una lógica transaccional donde cada gesto político tiene su precio. Netanyahu, debilitado por sus problemas judiciales, se convierte en un deudor ideal para un presidente estadounidense que apuesta todo por su "relación especial" con Israel para consolidar su base electoral evangélica.

La ironía es sabrosa: aquí está Trump predicando la indulgencia judicial para su aliado israelí, él que pasó cuatro años denunciando las "cacerías de brujas" de las que se consideraba víctima. La justicia, como bien se sabe, solo es imparcial cuando te exime.

Netanyahu, el hombre providencial convertido en carga

Para Netanyahu, esta oferta de indulto se asemeja más a una trampa que a un salvavidas. Aceptar equivaldría a admitir implícitamente su culpabilidad, hipotecando definitivamente su legado político. Rechazar, es arriesgarse a ofender a un aliado del que Israel necesita desesperadamente frente a los desafíos regionales.

El primer ministro israelí se encuentra en la incómoda posición de tener que elegir entre su supervivencia política personal y la credibilidad de su país. Porque, ¿qué queda de la soberanía de una nación cuando su justicia se convierte en objeto de negociaciones internacionales?

El Estado de derecho a geometría variable

Este asunto revela sobre todo la hipocresía fundamental de nuestras democracias occidentales. Predicamos la independencia judicial a los regímenes autoritarios mientras practicamos la injerencia judicial cuando nos conviene. Trump no hace más que llevar esta lógica a su paroxismo: ¿por qué respetar la separación de poderes cuando se pueden instrumentalizar?

El precedente es peligroso. Si un presidente estadounidense puede presionar para indultar a un líder extranjero, ¿qué le impedirá mañana condicionar su ayuda militar al abandono de procesos incómodos? Estamos deslizándonos hacia un mundo donde la justicia se convierte en una moneda de cambio como cualquier otra.

La infantilización de los ciudadanos

Como siempre en estos asuntos, se subestima la inteligencia de los ciudadanos. Los israelíes, al igual que los estadounidenses, ven perfectamente el juego que se está desarrollando. Comprenden que sus líderes negocian su futuro judicial a sus espaldas, en desprecio de las instituciones que se supone deben respetar.

Esta sistemática infantilización de los votantes por parte de sus élites explica en gran medida el ascenso de los populismos. Cuando los ciudadanos se dan cuenta de que sus líderes se liberan de las reglas que imponen a los demás, terminan por rechazar el sistema en su conjunto.

El engranaje de la complicidad

Netanyahu y Trump están ahora vinculados por una complicidad que va más allá de sus afinidades personales. Cada uno posee elementos comprometedores sobre el otro, cada uno necesita al otro para sobrevivir políticamente. Esta codependencia transforma la alianza israelo-estadounidense en una relación tóxica donde los intereses personales priman sobre los intereses nacionales.

La oficina legal israelí tuvo razón al plantear sus condiciones. Pero no hay que engañarse: en este póker mentiroso geopolítico, los principios jurídicos pesan poco frente a los cálculos políticos. Trump seguirá presionando, Netanyahu seguirá maniobrando, y la justicia seguirá siendo rehén de sus respectivas ambiciones.

Al final, este asunto nos recuerda una verdad inquietante: nuestras democracias solo valen por la calidad de los hombres que las dirigen. Cuando estos transforman el Estado de derecho en un instrumento de poder, es todo el edificio democrático el que tambalea. Y ahí, ningún indulto presidencial podrá salvarnos.