Hay una definición de la locura que dice que consiste en repetir exactamente las mismas acciones con la esperanza de obtener resultados diferentes. Si esto es cierto, entonces Donald Trump nos acaba de ofrecer un caso de estudio magistral con su "nuevo" enfoque hacia Irán.

Esta semana, mientras las tensiones aumentan entre Washington y Teherán, estamos presenciando un espectáculo fascinante: Trump que saca exactamente —y subrayo la palabra exactamente— la misma partitura que en 2018. La misma retórica incendiaria, las mismas amenazas de sanciones "más duras de la historia", la misma promesa de que "Irán se va a rendir".

Como informa el New York Times, "la posición agresiva del presidente Trump hacia Irán, durante su primer mandato y desde su regreso al poder el año pasado, es clave para entender el conflicto." Traducción: estamos repitiendo la misma película, con los mismos actores, esperando un final diferente.

El síndrome del disco rayado

Recordemos los hechos. En 2018, Trump rompe el acuerdo nuclear iraní —un acuerdo que incluso sus propios generales consideraban imperfecto pero funcional. ¿Resultado? Irán relanza su programa nuclear, los europeos están furiosos y la región se incendia. Balance: cero puntos.

Avancemos rápidamente a 2026. Trump regresa al poder y... ¡sorpresa! Aplica exactamente la misma receta. Sanciones máximas, aislamiento diplomático, tweets incendiarios a las 6 de la mañana. Como si los ocho años transcurridos nunca hubieran existido.

¿La diferencia? Esta vez, nadie le sigue.

Los franceses, que intentaron salvar los muebles en 2018, han dejado claro que ya no jugarán a ser mediadores voluntarios. "Lo intentamos una vez, gracias", resume un diplomático del Elíseo. Los alemanes asienten educadamente y continúan con sus asuntos. En cuanto a los chinos, han dejado de pretender escuchar —compran petróleo iraní y punto.

El arte de aislarse creyendo aislar

Lo más sabroso de esta historia es que Trump aún cree que está aislando a Irán mientras se aísla a sí mismo. Miren los números: en 2018, Estados Unidos logró arrastrar a parte de sus aliados en su cruzada antiiraní. En 2026, incluso Canadá —que es el campeón del seguidismo estadounidense— se muestra reacio.

¿Por qué? Porque, mientras tanto, el mundo ha aprendido una lección fundamental: las sanciones unilaterales estadounidenses solo funcionan si todos juegan el juego. Y adivinen qué: nadie quiere jugar.

Irán, por su parte, ha tenido nueve años para adaptarse. Nueve años para desarrollar circuitos económicos alternativos, fortalecer sus lazos con Rusia y China, y sobre todo —ironía suprema— acelerar su programa nuclear. Hoy, Teherán está más cerca de la bomba que en 2015, cuando el acuerdo nuclear lo mantenía a raya.

Bravo, artista.

Canadá, espectador incómodo

Del lado canadiense, estamos presenciando un número de equilibrismo digno del Cirque du Soleil. Ottawa está dispuesto a seguir a Washington —por tradición— pero no hasta el punto de dispararse en el pie económicamente. Resultado: declaraciones de apoyo tibias y sanciones simbólicas que no incomodan a nadie.

"Apoyamos a nuestros aliados estadounidenses en su enfoque firme pero medido", se declara en Asuntos Globales de Canadá. Traducción: "Hacemos como que seguimos esperando que pase desapercibido."

Es todo un arte de la diplomacia canadiense: parecer estar del lado correcto sin realmente estarlo. Una forma de neutralidad disfrazada de lealtad.

China, gran ganadora

Mientras Trump repite sus mayores éxitos, China, por su parte, recoge los frutos. Pekín ha entendido desde hace tiempo que las crisis entre Estados Unidos e Irán son una oportunidad: cuanto más aísle Washington a Teherán, más Irán se vuelve hacia el Este.

¿Resultado? China se ha convertido en el principal socio comercial de Irán, compra su petróleo a precios de ganga y desarrolla proyectos de infraestructura en el marco de sus "Nuevas Rutas de la Seda". Mientras Trump grita, Xi Jinping construye.

La ironía es deliciosa: al querer debilitar a Irán, Trump refuerza la influencia china en Oriente Medio. Es geopolítica al revés.

Europa, cansada del espectáculo

Los europeos, por su parte, han decidido observar el espectáculo desde lejos, con una mezcla de cansancio y molestia. Después de intentar salvar el acuerdo nuclear durante años, finalmente han comprendido que a Trump le gustan más las crisis que las soluciones.

"No podemos ser más realistas que el rey", confiesa un diplomático europeo. "Si los estadounidenses quieren volver a representar la misma obra, que la representen solos."

Esta vez, no hay mecanismo europeo para eludir las sanciones, no hay diplomacia paralela, no hay intentos desesperados de mediación. Europa tiene otros gatos que atender —y sobre todo, ha entendido que a Trump le gustan más los problemas que las soluciones.

El veredicto de la historia

Al final, esta nueva crisis iraní revela sobre todo una cosa: la América de Trump se ha vuelto predecible. Peligrosamente predecible. Cuando tus adversarios saben exactamente lo que vas a hacer, ya has perdido la partida.

Irán sabe que Trump va a gritar, sancionar y amenazar. Entonces Teherán toma sus precauciones, diversifica sus socios y espera que pase la tormenta. Los aliados estadounidenses saben que Washington les pedirá que elijan su bando. Entonces, se toman su tiempo, negocian y encuentran escapatorias.

Solo Trump parece creer que puede volver a tocar la misma partitura y obtener un resultado diferente. Es conmovedor, de cierta manera. Como un músico que repitiera sin cesar la misma melodía esperando que suene mejor.

VEREDICTO: 2/10 por originalidad, 8/10 por obstinación. Trump ha logrado la hazaña de transformar una crisis geopolítica en una comedia de repetición. Desafortunadamente, nadie ríe.