Hay algo fascinante en esta declaración de Trump según la cual "los Estados Unidos no necesitan aliados para reabrir el estrecho de Ormuz". No fascinante en un sentido admirativo, sino en un sentido clínico: estamos observando en tiempo real el resurgimiento de un aislamiento estadounidense que llega en el momento más oportuno... para todos menos para América.
Porque, al fin y al cabo, ¿de qué estamos hablando? De un cuello de botella por el que transita el 20% del petróleo mundial, cerrado o amenazado de cierre tras una "ofensiva estadounidense-israelí contra Irán" — según los términos reportados por el New York Times y la BBC. En otras palabras: los Estados Unidos participan en crear el problema, y luego anuncian que lo resolverán solos. Es un gran arte geopolítico.
Europa, bombero a su pesar
Frente a esta bravata, la reacción de Sir Keir Starmer suena casi como un reconocimiento de impotencia disfrazado de diplomacia: el Reino Unido "trabaja con sus aliados en un plan para proteger el estrecho de Ormuz". Traducido: mientras Washington juega a ser vaquero, Londres intenta limitar los daños con lo que queda del orden internacional.
Esta divergencia no es anecdótica. Revela una fractura fundamental en la concepción occidental de la seguridad colectiva. Por un lado, una América que redescubre las supuestas virtudes del unilateralismo — "America First" versión 2026. Por el otro, una Europa que se encuentra actuando como mediadora en un conflicto que no ha elegido, para proteger intereses económicos vitales que el aliado estadounidense parece considerar secundarios.
El mito de la autosuficiencia
Pero profundicemos en esta retórica trumpiana. "No necesitamos aliados": ahí está el fantasma de la superpotencia total, el que ha atormentado la imaginación estadounidense desde 1945. Excepto que la realidad geopolítica de 2026 ya no es la de la posguerra. El Irán de hoy no es ni el Irak de 2003 ni la Libia de 2011. Es una potencia regional experimentada, dotada de capacidades de daño asimétricas temibles, y que ha tenido veinte años para prepararse para este tipo de confrontación.
Más revelador aún: esta postura unilateralista surge precisamente en el momento en que los Estados Unidos más necesitarían de sus aliados. Porque cerrar el estrecho de Ormuz es fácil — unas minas, unos misiles, y el trabajo está hecho. Reabrirlo de manera duradera es otro asunto. Eso exige una estrategia política a largo plazo, garantías diplomáticas, una reconstrucción de los equilibrios regionales. En resumen, exactamente el tipo de misión donde la legitimidad internacional cuenta más que la potencia de fuego bruta.
Europa frente a sus contradicciones
Por el lado europeo, la situación no es mucho más halagüeña. Starmer puede hablar de "colaboración con los aliados", la verdad es que Europa se encuentra una vez más sufriendo las consecuencias de una política estadounidense que no ha influenciado. ¿Cuántas veces hemos visto este escenario? Los Estados Unidos deciden, Europa asume los costos — económicos, migratorios, de seguridad.
¿Y qué propone concretamente esta "colaboración"? Un plan para "proteger" el estrecho, no para resolver el conflicto que amenaza con cerrarlo. Es sintomático de una diplomacia europea que sobresale en la gestión de crisis pero falla sistemáticamente en la prevención de conflictos. Se tratan los síntomas, nunca las causas.
El precio de la improvisación
En el fondo, esta crisis del estrecho de Ormuz cristaliza todo lo que no funciona en el orden geopolítico occidental. Por un lado, una América que oscila entre el intervencionismo brutal y el aislamiento irresponsable, según el humor de su presidente. Por el otro, una Europa que se limita a recoger los pedazos, por falta de medios — o de coraje — para una política autónoma.
¿El resultado? Una escalada predecible en una región ya explosiva, con aliados que ni siquiera hablan el mismo lenguaje estratégico. Trump apuesta por la fuerza bruta y el efecto sorpresa. Starmer prioriza la concertación y la diplomacia preventiva. Dos enfoques que no son complementarios, sino contradictorios.
La ilusión del poder solitario
Porque ahí está el paradoja de esta declaración trumpiana: revela menos la fuerza estadounidense que su fragilidad. Un país realmente seguro de su poder no necesita proclamar que puede prescindir de sus aliados. Los utiliza, los influye, los dirige — pero no los rechaza públicamente. Esta retórica de la autosuficiencia suena más bien como el reconocimiento de una América que ya no sabe cómo gestionar un sistema de alianzas que se ha vuelto demasiado complejo para sus dirigentes.
Resultado: aquí estamos con una crisis mayor en el corazón de la economía energética mundial, gestionada por aliados que ya no se alían realmente. América va por su cuenta, Europa improvisa planes de protección, e Irán observa esta cacofonía occidental con, sin duda, cierto amusemento.
En este juego de ajedrez geopolítico, la única certeza es que los peones — ciudadanos europeos y estadounidenses — pagarán la factura energética de esta improvisación diplomática. Una vez más.
