"La guerra estará terminada en unas pocas semanas." Marco Rubio pronunció estas palabras el pasado martes ante sus homólogos del G7 en Francia, con esa tranquila seguridad de los estrategas de salón que nunca han tenido que recoger los pedazos de sus predicciones optimistas.
Aquí vamos de nuevo. Veintitrés años después de las "armas de destrucción masiva" iraquíes, quince años después de la "misión cumplida" en Afganistán, el establishment estadounidense vuelve a sacar las mismas promesas de guerra limpia y rápida. Como si la Historia fuera una pizarra mágica que se borra de un solo golpe.
El eterno retorno de la hubris militar
Lo que impacta en la declaración de Rubio, según los informes del New York Times y de CTV News, es menos su contenido que su familiaridad. Ya hemos escuchado esta música. En 2003, Donald Rumsfeld predecía que la ocupación de Irak duraría "seis días, seis semanas, ciertamente no seis meses." Veinte años después, los últimos soldados estadounidenses abandonaban Kabul en la más completa confusión.
Pero la amnesia selectiva es parte del ADN de la política exterior estadounidense. Cada nueva administración llega con la convicción de que tendrá éxito donde las anteriores fracasaron, armada con la misma arrogancia tecnológica y el mismo desprecio por la complejidad geopolítica.
Irán no es Irak bajo Saddam Hussein, debilitado por años de embargo. Es una potencia regional de 85 millones de habitantes, con una industria militar desarrollada y una red de aliados que se extiende desde el Líbano hasta Yemen. Pretender liquidar este asunto "en unas pocas semanas" es una muestra de ignorancia crasa o pura manipulación.
Los aliados europeos, espectadores cansados
La reacción de los ministros europeos presentes en esta reunión del G7 es reveladora. Según fuentes coincidentes, el escepticismo era palpable. Trump puede criticar la "reticencia" de sus aliados de la OTAN a participar en el conflicto iraní, pero esta reticencia no es cobardía — es lucidez.
Los europeos han pagado el precio de las aventuras militares estadounidenses anteriores. La inestabilidad libia que desborda sus refugiados en las costas italianas, el caos sirio que alimentó la crisis migratoria de 2015, el colapso afgano que entregó el país a los talibanes: cada vez, Washington inicia el conflicto y luego se retira, dejando a Europa lidiar con las consecuencias.
Esta vez, las capitales europeas parecen decididas a no repetir el error. Han comprendido que seguir ciegamente a Estados Unidos en sus cruzadas en Oriente Medio es hipotecar su propia seguridad para satisfacer las obsesiones geopolíticas estadounidenses.
El estrecho de Ormuz, nervio de la guerra económica
Porque detrás de los grandes discursos sobre la "amenaza iraní" se oculta una realidad más prosaica: el control de los flujos energéticos. El estrecho de Ormuz, mencionado en los informes como zona de tensión, ve transitar el 20% del petróleo mundial. Una guerra en esta región no solo sería un desastre humanitario — sería un terremoto económico global.
Los mercados financieros lo han entendido bien. Desde la escalada de tensiones, el barril de petróleo ha aumentado un 40%, alimentando una inflación que los bancos centrales ya tienen dificultades para controlar. Una guerra "de unas pocas semanas" podría desencadenar una recesión mundial cuyos efectos se sentirían durante años.
Pero esta dimensión económica parece escapar a los estrategas de Washington, obnubilados por sus mapas de estado mayor y sus simulaciones informáticas. Razonan en términos de ataques quirúrgicos y superioridad aérea, ignorando superbamente las repercusiones sistémicas de sus decisiones.
La infantilización permanente de la opinión
Lo más indignante en este asunto es el desprecio mostrado por la inteligencia de los ciudadanos. Rubio y sus colegas nos sirven la misma sopa recalentada que sus predecesores: guerra limpia, victoria rápida, regreso de los héroes. Como si fuéramos niños incapaces de recordar las mentiras de ayer.
Esta infantilización sistemática de la opinión pública es el verdadero escándalo democrático. Nuestros líderes nos mienten con una desfachatez desconcertante, y luego se sorprenden de la subida del populismo y de la desconfianza hacia las instituciones. Siembran el cinismo y cosechan la ira.
Los medios de comunicación convencionales, demasiado a menudo cómplices por pereza, retransmiten estas declaraciones sin contextualizarlas, sin recordar los precedentes, sin plantear las preguntas incómodas. Transforman la información en espectáculo y la política en entretenimiento.
La verdadera pregunta
Más allá de las posturas bélicas y las promesas vacías, queda una pregunta: ¿qué buscan realmente los Estados Unidos en Irán? ¿Derrocar el régimen de los ayatolás? ¿Controlar los recursos energéticos? ¿Satisfacer a los aliados israelíes y saudíes? ¿Desviar la atención de los problemas internos?
Esta guerra anunciada se asemeja mucho a una fuga hacia adelante, un intento desesperado de restaurar una hegemonía estadounidense en declive mediante la fuerza bruta. Pero la Historia nos enseña que los imperios que multiplican las guerras exteriores para ocultar sus debilidades internas solo aceleran su propia caída.
Los ciudadanos europeos, por su parte, tienen el derecho de exigir a sus líderes que dejen de seguir ciegamente a Washington en sus aventuras. La soberanía comienza con el coraje de decir no a los aliados incómodos.
