Así que Donald Trump se encuentra atrapado por esta verdad inmutable que todos los presidentes descubren algún día: gobernar es decepcionar a quienes te han elegido. El hombre que prometía "hacer pagar" a Rusia e Irán acaba de suavizar las sanciones petroleras contra estos dos países, provocando un clamor bipartidista que huele a hipocresía a kilómetros.
Según el New York Times, esta decisión tiene como objetivo estabilizar los mercados petroleros en el contexto de la guerra con Irán. Traducción: los precios en la bomba importan más que los grandes principios geopolíticos. Trump lo aprende a su costa, como Obama antes que él con sus "líneas rojas" en Siria, como Bush padre con sus promesas de no aumentar los impuestos.
La comedia de la indignación
Lo que fascina en este asunto no es tanto el giro de Trump como la reacción de sus opositores. Los demócratas, que ayer abogaban por un enfoque "matizado" de las sanciones, descubren de repente las virtudes de la firmeza. Los republicanos, campeones de la realpolitik cuando se trataba de apaciguar a Arabia Saudita, se ofenden hoy al ver a su campeón ceder al pragmatismo económico.
Esta indignación bipartidista revela sobre todo la infantilización sistemática de los votantes estadounidenses. Porque, al fin y al cabo, ¿quién puede creer seriamente que un presidente puede mantener sanciones costosas cuando los ciudadanos hacen cola en las estaciones de servicio? ¿Quién puede ignorar que la estabilidad energética siempre prima, en última instancia, sobre las consideraciones morales?
La imposible ecuación energética
Trump se enfrenta a la ecuación que todos sus predecesores han intentado resolver: ¿cómo conciliar la independencia energética, los precios asequibles y los principios geopolíticos? La respuesta es simple: no se puede. Cada administración termina eligiendo, y esa elección siempre decepciona a una parte del electorado.
El suavizamiento de las sanciones no es una traición, es política. Pero reconocer esta evidencia obligaría a la clase política a admitir que sus promesas de campaña son en gran medida ficciones. Es mejor fingir indignación y señalar la inconsistencia del adversario.
La trampa de la coherencia
Lo que hace que esta polémica sea particularmente sabrosa es que atrapa a Trump en su propia retórica. El hombre que denunciaba los "acuerdos podridos" de sus predecesores se encuentra negociando con los mismos "enemigos de América". Sus votantes, que aplaudían su supuesta firmeza, descubren que su campeón prefiere los precios bajos a los principios elevados.
Pero este descubrimiento no debería sorprender a nadie. Trump nunca ha sido un ideólogo, solo un oportunista hábil. Su base electoral, compuesta en gran parte por clases medias presionadas por la inflación, probablemente entenderá mejor que sus críticos esta prioridad dada al bolsillo sobre la geopolítica.
El arte de gobernar a través de las contradicciones
En el fondo, este asunto ilustra perfectamente el arte de gobernar estadounidense: prometer lo imposible, decepcionar lo inevitable y luego echar la culpa a las circunstancias o a los predecesores. Trump domina este juego mejor que nadie, pero también descubre sus límites.
Porque si el suavizamiento de las sanciones puede estabilizar los precios energéticos a corto plazo, plantea preguntas más profundas sobre la credibilidad estadounidense. ¿Cómo puede Washington pretender llevar a cabo una política exterior coherente cuando sus decisiones dependen de las fluctuaciones del barril de petróleo?
La verdadera lección política
Esta polémica revela sobre todo la inmadurez del debate político estadounidense. En lugar de reconocer las restricciones reales que pesan sobre toda presidencia, demócratas y republicanos prefieren hacer la comedia de la indignación. Así infantilizan a unos votantes que merecerían que se les explique por qué ciertos compromisos son inevitables.
Trump descubre lo que todos sus predecesores han aprendido: no se gobierna con tweets, sino con arbitrajes. Sus opositores fingen ignorarlo, pero saben perfectamente que en su lugar, probablemente habrían tomado la misma decisión. Esa es la verdadera traición: no suavizar sanciones, sino hacer como si la política pudiera escapar a las restricciones de la realidad.
El votante estadounidense merece más que esta mascarada. Merece que se le diga la verdad: gobernar es elegir entre malas soluciones. Trump acaba de hacer su elección. Queda por ver si sus votantes se lo perdonarán.
