"Creo que es importante que esté aquí", declaró Donald Trump ayer, con esa punta de irritación apenas disimulada que ahora caracteriza sus relaciones con los europeos. El presidente estadounidense expresaba su frustración ante la respuesta británica, considerada insuficiente, respecto a la protección del estrecho de Ormuz, mientras que Sir Keir Starmer se limitaba a anunciar que "el Reino Unido estaba trabajando con sus aliados en un plan" para asegurar este paso estratégico.
Otro plan. Siempre planes. Nunca acción.
Esta secuencia, reportada por la BBC y el New York Times, ilustra perfectamente el malestar transatlántico que carcome a Occidente desde hace décadas: por un lado, una América que asume los costos y riesgos de la seguridad mundial; por el otro, una Europa que se envuelve en la retórica multilateral para ocultar su impotencia estratégica.
Europa, eterna adolescente geopolítica
El estrecho de Ormuz, por el que transitan cerca del 20% de las exportaciones mundiales de petróleo, cristaliza esta asimetría. Cuando las tensiones se exacerban en esta región neurálgica, ¿quién sale al frente? Washington. ¿Quién envía sus buques de guerra? La Marina de los EE. UU. ¿Quién asume los costos diplomáticos y militares? América, una vez más.
Mientras tanto, Londres "trabaja con sus aliados en un plan". Esta fórmula vacía, reciclada infinitamente en las cancillerías europeas, traduce una realidad incómoda: Europa ha renunciado a ser un actor geopolítico autónomo. Prefiere la postura moral a la eficacia operativa, los comunicados de prensa a los portaaviones.
Esta infantilización estratégica beneficia a casi todos. Los líderes europeos pueden actuar como si fueran los que dan lecciones sin asumir las responsabilidades que conllevan. Las opiniones públicas europeas se mecen en la ilusión pacifista mientras se benefician de la protección estadounidense. Solo los contribuyentes estadounidenses pagan la factura.
Trump, revelador brutal de una dependencia inconfesable
La frustración trumpiana no es nueva, pero tiene el mérito de la franqueza. A diferencia de sus predecesores, que envolvían sus reproches en la diplomacia de salón, Trump dice en voz alta lo que Washington ha pensado en voz baja durante décadas: Europa es un polizón de la seguridad occidental.
Esta crítica trasciende las divisiones partidistas estadounidenses. Demócratas y Republicanos comparten la misma exasperación ante aliados que exigen su protección mientras critican sus métodos. La administración Biden ya había expresado reservas similares, aunque en un lenguaje más diplomático.
El caso del estrecho de Ormuz es emblemático. Esta vía marítima vital para la economía mundial debería lógicamente movilizar a todos los países que dependen de ella. Sin embargo, solo los Estados Unidos mantienen una presencia naval permanente en la región, apoyados puntualmente por algunos aliados. Europa, el mayor importador mundial de energía, brilla por su discreción operativa.
La ilusión del multilateralismo europeo
La respuesta de Starmer ilustra perfectamente esta esquizofrenia europea. Hablar de "plan con los aliados" equivale a reconocer implícitamente que el Reino Unido no puede hacer nada solo. Esta honestidad involuntaria subraya la magnitud de la regresión estratégica británica desde el fin del Imperio.
El multilateralismo europeo funciona como un conveniente parapeto para ocultar la impotencia nacional. En lugar de asumir sus debilidades e invertir masivamente en sus capacidades militares, los europeos prefieren diluir sus responsabilidades en estructuras colectivas ineficaces.
Este enfoque presenta una doble ventaja: permite ahorrar esfuerzos presupuestarios sustanciales mientras se conserva una fachada de respetabilidad internacional. Pero tiene un costo geopolítico mayor: la pérdida progresiva de autonomía estratégica.
¿Hacia una emancipación europea?
La irritación estadounidense podría, paradójicamente, servir de catalizador para un despertar europeo. Las tensiones actuales en torno al estrecho de Ormuz ofrecen una oportunidad única a los europeos para demostrar que pueden asumir sus responsabilidades sin tutela estadounidense.
Esto supondría una revolución mental: aceptar que la seguridad tiene un precio, que la geopolítica no se reduce a las buenas intenciones, que la influencia se conquista tanto por la fuerza como por el derecho. Una revolución que las élites europeas, formateadas por décadas de pacifismo institucional, parecen incapaces de llevar a cabo.
La alternativa es clara: o Europa asume finalmente su rango de potencia mundial, o acepta definitivamente su estatus de protectorado estadounidense. Las medias tintas y los "planes con los aliados" ya no serán suficientes para ocultar esta realidad. Trump, a su manera brutal, acaba de recordárselo a Starmer y a todos los líderes europeos.
La cuestión ya no es si esta dependencia es deseable, sino cuánto tiempo más América aceptará financiarla.
