Hay algo profundamente revelador en la confesión de Chris Wright este domingo. El secretario de Energía estadounidense, que se supone debe encarnar el poder energético de la primera economía mundial, reconoce públicamente que no hay "ninguna garantía" de que los precios del petróleo bajen pronto. Mientras tanto, su jefe exige que otros países envíen sus buques de guerra para asegurar el estrecho de Ormuz.
Bienvenidos a la América de 2026: una superpotencia que mendiga.
La independencia energética, este mito tenaz
Desde hace décadas, cada administración estadounidense nos vende el mismo sueño: la independencia energética. Trump lo prometió, Biden también, y hoy asistimos a un espectáculo patético. Irán, según fuentes del New York Times, "ha cerrado en gran medida el estrecho de Ormuz a América y sus aliados" colocando minas y disparando proyectiles a los petroleros. ¿Y qué hace Washington? Pide ayuda.
Esta situación no es un accidente geopolítico. Es el producto lógico de una estrategia energética esquizofrénica que consiste en proclamar su autonomía mientras se permanece estructuralmente dependiente de los flujos mundiales de hidrocarburos. Porque, aunque Estados Unidos produce más petróleo del que consume sobre el papel, su economía sigue intrínsecamente ligada a los precios mundiales del crudo.
La geopolítica de los cobardes
Lo que sorprende en esta crisis es la inversión de roles. Aquí hay un país que gasta más de 800 mil millones de dólares al año en defensa, que mantiene bases militares en todos los continentes, y que hoy pide a sus aliados que envíen sus barcos para proteger "nuestras" provisiones energéticas. La ironía es sabrosa: América primero se convierte en América ayuda.
Irán, con una economía del tamaño de la de Bélgica, mantiene en jaque a la primera potencia militar mundial. No por su fuerza, sino por su posición geográfica y su determinación de utilizar lo que la geografía le ha dado. Teherán controla un estrecho por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, y lo sabe.
La confesión de impotencia de Wright
Cuando Chris Wright declara que no hay "ninguna garantía" sobre la evolución de los precios energéticos, no solo está constatando una realidad económica. Confiesa la impotencia fundamental de un sistema que ha construido su prosperidad sobre la ilusión del control. Los estadounidenses han sido acostumbrados a creer que su gobierno podía resolverlo todo, incluido el precio de la gasolina en la bomba. Esta creencia hoy se desmorona.
El secretario de Energía reconoce implícitamente que Estados Unidos ha vuelto a ser lo que nunca dejó de ser: un actor más en un mercado energético mundial que no controla. Peor aún, descubren que su influencia militar tradicional ya no es suficiente frente a un adversario que ha elegido la asimetría como estrategia.
La trampa de la dependencia psicológica
Porque el verdadero problema no es técnico, es psicológico. La economía estadounidense podría adaptarse a precios energéticos más altos; ya lo ha hecho en el pasado. Pero la sociedad estadounidense no soporta más la idea de que su modo de vida pueda ser cuestionado por "enemigos" lejanos.
Esta dependencia psicológica del petróleo barato explica por qué Trump prefiere mendigar ayuda militar extranjera en lugar de asumir los costos de una verdadera transición energética. Es más fácil pedir a los europeos que envíen sus fragatas que explicar a los votantes estadounidenses por qué deberían repensar su relación con la energía.
Europa, ¿idiota útil?
¿Y qué decir de Europa en este asunto? ¿Nuestros líderes van a volver a hacer el papel de idiotas útiles enviando sus barcos a proteger provisiones energéticas de las que Estados Unidos se beneficia tanto, si no más, que ellos? La historia reciente sugiere que sí.
Esta crisis revela una verdad inquietante: el orden geopolítico occidental se basa en una mentira. Estados Unidos ya no es la potencia hegemónica capaz de imponer su voluntad en todo el mundo. Se ha convertido en un gigante con pies de barro que necesita de sus aliados para mantener un sistema del que siguen siendo los principales beneficiarios.
La lección iraní
Irán, por su parte, ha entendido algo que Washington se niega a admitir: en un mundo multipolar, la geografía cuenta más que los portaaviones. Teherán no necesita competir con el poder militar estadounidense. Solo necesita controlar un punto de paso estratégico y tener la determinación de usarlo.
Esta crisis del estrecho de Ormuz puede marcar el fin de una época: aquella en la que América podía dictar sus condiciones al mundo entero. Sobre todo, marca el comienzo de una era en la que Estados Unidos tendrá que aprender a negociar, a componer y, a veces, a someterse. Como todo el mundo.
La confesión de impotencia de Chris Wright no es más que la primera de una larga serie. Porque cuando se ha construido el poder sobre la ilusión del control total, cada despertar es doloroso.
