Mientras los mercados europeos se preparan para cerrar en veinte minutos y Wall Street navega en territorio positivo a mitad de sesión, una verdad incómoda emerge de los escombros de la política comercial estadounidense: la Corte Suprema acaba de transformar una victoria del libre comercio en una catástrofe para el bolsillo de los consumidores.

Los hechos son obstinados. En enero de 2026, según el New York Times, el déficit comercial estadounidense se contrajo gracias a una disminución de las importaciones y un aumento de las exportaciones. ¿Una buena noticia, dirán ustedes? Desengáñense. Esta mejora se produjo justo antes de que la Corte Suprema desmantelara el arsenal arancelario presidencial, creando un efecto llamada para las importaciones baratas. Pero en lugar de dejar que esta dinámica positiva continuara, la administración lanzó de inmediato una nueva investigación comercial dirigida a la Unión Europea, China e India.

La trampa jurídica perfecta

Aquí está el genio perverso de esta maniobra: al anular los aranceles existentes, la Corte Suprema otorgó una legitimidad constitucional a cualquier nueva medida proteccionista que respetara las formas legales. La administración ahora puede pretender actuar dentro del marco estricto de la ley, mientras se prepara para aranceles potencialmente más altos y más amplios que los anteriores.

Los mercados asiáticos, cerrados desde hace varias horas, aún no han integrado esta realidad. Pero cuando Shanghái reabra sus puertas en dieciocho horas y Tokio en dieciséis horas, los inversores descubrirán que el respiro arancelario no era más que una ilusión óptica. Los sectores europeos de la automoción y de la química, que aún están en sesión por unos minutos, deberían comenzar a anticipar esta nueva situación.

¿Quién gana en esta partida de póker mentiroso?

Primer beneficiario: la industria estadounidense protegida. Los siderúrgicos, los productores de aluminio y los fabricantes de paneles solares pueden dormir tranquilos. Sus competidores extranjeros pronto volverán a ser artificialmente más caros, garantizándoles cuotas de mercado sin esfuerzo de innovación.

Segundo ganador: el aparato burocrático del comercio exterior. Una nueva investigación significa cientos de empleos de funcionarios y consultores, miles de horas facturables para los despachos de abogados especializados, y meses de procedimientos que justifican la existencia de toda una industria parásita.

Tercer beneficiario, más sutil: los importadores estadounidenses mismos. ¿Paradójico? No tanto. Las grandes cadenas de distribución y las multinacionales tienen los medios para navegar en el laberinto de las exenciones arancelarias. Sus competidores más pequeños, no. Resultado: una concentración del mercado en beneficio de los gigantes.

Los perdedores de esta mascarada

Los consumidores estadounidenses, evidentemente. Van a pagar más por sus coches alemanes, sus smartphones chinos y sus textiles indios. Pero también, y esto es menos evidente, los exportadores estadounidenses. Porque los socios comerciales afectados no se quedarán de brazos cruzados. La UE ya está preparando sus medidas de represalia, China tiene sus propios palancas, y la India no es conocida por su pasividad comercial.

Los agricultores del Medio Oeste, que exportan masivamente a estas tres zonas, descubrirán que sus mercados se cierran justo cuando sus costos de insumos importados aumentan. Doble pena para un sector ya debilitado por los caprichos climáticos.

La economía política de la mentira

Esta secuencia revela una verdad que los economistas convencionales se niegan a admitir: la política comercial nunca ha sido una cuestión de eficiencia económica, sino de redistribución disfrazada. Los aranceles son un impuesto regresivo que pagan las clases populares en beneficio de industrias políticamente influyentes.

La Corte Suprema, al anular los aranceles por razones constitucionales, expuso involuntariamente esta realidad. Si estas medidas fueran realmente beneficiosas para la economía estadounidense, ¿por qué la administración se apresura a reemplazarlas? Si fueran perjudiciales, ¿por qué no aprovechar esta anulación para adoptar un enfoque más liberal?

La respuesta es simple: porque el proteccionismo estadounidense nunca ha tenido como objetivo proteger la economía, sino proteger rentas. Y las rentas, a diferencia de los principios económicos, tienen abogados muy eficaces.

El momento revelador

No es casual que esta nueva investigación se lance ahora, cuando los indicadores comerciales mejoraban naturalmente. La administración no podía permitir que el libre comercio demostrara su eficacia. Era necesario confundir las cartas antes de que la opinión pública se diera cuenta de que la disminución del déficit comercial de enero se debía a la dinámica económica, no a los aranceles.

Mientras los traders europeos cierran sus posiciones antes del inminente cierre de los mercados de París y Fráncfort, y sus homólogos estadounidenses disfrutan aún de unas horas de sesión, una certeza se impone: esta nueva investigación comercial no es una política económica, es una operación de comunicación política financiada por los consumidores estadounidenses.

La Corte Suprema pensaba defender la Constitución. Acaba de legitimar la mayor estafa comercial de la década.