Mientras los mercados estadounidenses digieren aún los últimos datos de inflación a las 13:39 hora local, Londres vive un despertar doloroso. Los costos de endeudamiento británicos han alcanzado su nivel más alto desde la crisis de 2008, y esta vez, imposible de culpar a las hipotecas subprime o a los banqueros estadounidenses. El culpable es quince años de política económica incoherente que finalmente alcanza al Reino Unido.
La cuenta siempre llega
Según la BBC y CNBC, este aumento de las tasas refleja una pérdida de confianza de los inversores ante los temores de inflación y las dudas sobre la política presupuestaria británica. Pero reducir esta crisis a simples "temores" es un eufemismo periodístico. Lo que estamos observando es la sanción implacable de los mercados ante un gobierno que ha multiplicado las promesas contradictorias sin nunca asumir sus costos reales.
Cuando los mercados europeos cerraron esta noche — París a las 17:30, Londres a las 16:30 — los inversores ya habían integrado una realidad que Westminster aún se niega a admitir: la época en que el Reino Unido podía endeudarse masivamente sin consecuencias ha terminado. Y a diferencia de Estados Unidos, que aún se beneficia del estatus de reserva mundial del dólar, la libra esterlina ya no impresiona a nadie.
La trampa de la austeridad selectiva
La ironía de esta situación merece ser subrayada. Desde 2010, los sucesivos gobiernos británicos han predicado la austeridad a las clases populares mientras multiplicaban los regalos fiscales a las empresas y a los más ricos. Esta esquizofrenia presupuestaria — recortar en los servicios públicos por un lado, distribuir alivios fiscales por el otro — ha creado el peor de los mundos posibles: una deuda pública que sigue creciendo sin que las inversiones productivas sigan el ritmo.
Los mercados financieros, a diferencia de los votantes, no se dejan engañar por los discursos. Ven los números: un déficit estructural que persiste, un crecimiento anémico, y sobre todo, una inflación que vuelve a subir sin que el gobierno tenga las herramientas para controlarla eficazmente. Cuando Tokio abra mañana por la mañana a las 9:00 hora local, los inversores asiáticos ya habrán integrado esta nueva realidad británica.
La inflación, reveladora de las contradicciones
Este aumento inflacionario no es un accidente meteorológico. Revela las profundas contradicciones de una economía británica desindustrializada, dependiente de las importaciones, y cuya política monetaria ultra-acomodaticia desde 2008 ha inflado las burbujas de activos sin relanzar la inversión productiva.
Durante años, el Banco de Inglaterra mantuvo tasas cercanas a cero, permitiendo al gobierno endeudarse a bajo costo. Esta política ha enriquecido a los tenedores de activos financieros e inmobiliarios, pero no ha resuelto los problemas estructurales de la economía británica: productividad estancada, desigualdades crecientes, infraestructura envejecida.
Hoy, con la inflación volviendo a repuntar, el BoE se encuentra en el clásico aprieto: elevar las tasas para combatir la inflación, arriesgándose a estrangular un crecimiento ya frágil y a aumentar aún más el servicio de la deuda pública.
Los perdedores y los ganadores
Esta crisis de costos de endeudamiento no golpea a todos por igual. Los primeros perdedores serán, como siempre, los servicios públicos y las inversiones en infraestructura. Ante cargas de interés más altas, el gobierno tendrá que elegir entre aumentar los impuestos — impensable políticamente — o reducir el gasto público. Adivina qué opción será elegida.
¿Los ganadores? Los tenedores de bonos británicos que compraron antes del aumento de tasas, y sobre todo, los acreedores internacionales que ven mejorar sus rendimientos. Una vez más, la socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios.
Europa observa, América sonríe
Esta crisis británica llega en un momento particularmente revelador. Mientras los mercados europeos cerraron en una nota sombría — Fráncfort a las 17:30, París también — los inversores continentales observan con una mezcla de preocupación y satisfacción esta nueva prueba de que el Brexit no ha transformado al Reino Unido en Singapur sobre el Támesis.
Al otro lado del Atlántico, donde Wall Street aún negocia hasta las 16:00, los inversores estadounidenses ven en esta debilidad británica una confirmación de la superioridad del modelo económico estadounidense. No necesariamente están equivocados: a pesar de todos sus defectos, la economía estadounidense conserva una capacidad de innovación y una flexibilidad que el Reino Unido ha perdido.
El despertar será doloroso
Esta crisis de costos de endeudamiento puede marcar el fin de una era para el Reino Unido. Aquella en la que un país podía vivir por encima de sus posibilidades contando con su reputación pasada y la complacencia de los mercados financieros.
La realidad económica siempre alcanza a las ilusiones políticas. Y cuando Shanghái abra el lunes por la mañana a las 9:30, y luego Tokio media hora más tarde, los inversores asiáticos tendrán una visión muy clara de lo que ahora vale la firma británica.
El gobierno británico descubre hoy lo que los economistas post-keynesianos repiten desde hace años: no se puede socializar indefinidamente los costos y privatizar los beneficios sin que los mercados terminen presentando la cuenta. Esta cuenta, la pagará el pueblo británico, no aquellos que se beneficiaron de quince años de política económica incoherente.
La austeridad para los pobres y las generosidades para los ricos, funciona un tiempo. Pero los mercados financieros, al final, siempre terminan contando.
