Hay algo profundamente revelador en esta historia que emerge hoy: Keir Starmer fue explícitamente advertido sobre los "riesgos de reputación" que representaba la nominación de Peter Mandelson como embajador en Estados Unidos, debido a sus vínculos con Jeffrey Epstein. Y lo nombró de todos modos.

Según los documentos revelados por la BBC y el New York Times, los altos funcionarios británicos no se han mordido la lengua. Hablaron de "riesgo reputacional" —un eufemismo burocrático que, en el lenguaje suave de Whitehall, equivale a agitar una enorme bandera roja. Cuando tus propios asesores utilizan este término, es que ven venir el escándalo a kilómetros.

Pero Starmer eligió ignorar estas advertencias. ¿Por qué? Porque Peter Mandelson, a pesar de sus amistades dudosas, sigue siendo uno de los pocos políticos británicos que entiende los engranajes del poder estadounidense. En el cálculo cínico de Downing Street, su agenda de contactos valía aparentemente más que las cuestiones éticas planteadas por sus relaciones con un depredador sexual condenado.

El arte de cerrar los ojos

Este asunto ilustra perfectamente la hipocresía de nuestra clase política. Por un lado, Starmer y su gobierno laborista multiplican los discursos sobre la integridad, la transparencia, el renacer moral tras los años de Johnson. Por otro, nombran a uno de los puestos diplomáticos más sensibles a un hombre cuyos vínculos con Epstein eran lo suficientemente preocupantes como para que sus propios servicios los alertaran.

Lo más sabroso de esta historia es que Mandelson habría explorado la posibilidad de obtener una indemnización de 500,000 libras tras ser apartado de su puesto. Incluso en la desgracia, el establishment británico cuida de los suyos. Esta suma —equivalente a quince años de salario medio británico— dice mucho sobre la desconexión de nuestras élites.

El síndrome del indispensable

Mandelson encarna este síndrome del hombre "indispensable" que carcome nuestras democracias. No importa sus escándalos, no importa sus compromisos: conoce los códigos, tiene los contactos, sabe cómo funciona el sistema. Esta lógica transforma nuestras instituciones en clubes privados donde la experiencia técnica excusa todos los fallos éticos.

Los defensores de esta nominación argumentarán que Mandelson nunca ha sido formalmente acusado de nada relacionado con Epstein. Es cierto. Pero es precisamente ahí donde radica el problema: nuestra clase política se ha acostumbrado a navegar en esta zona gris donde todo es legal pero nada es realmente limpio.

Cuando sabemos que Mandelson ha frecuentado a Epstein, que ha estado en sus propiedades, que ha mantenido relaciones con él incluso después de su primera condena en 2008, podemos preguntarnos legítimamente qué mensaje envía su nominación. ¿A las víctimas de Epstein? ¿A los ciudadanos que esperan de sus líderes que encarnen valores morales mínimos?

La excusa de la realpolitik

Starmer y sus asesores invocarán sin duda la realpolitik: en un mundo complejo, no se puede permitir el lujo de la pureza moral. El argumento es seductor, pero revela una visión profundamente cínica de la política. Como si la integridad fuera un obstáculo para la eficacia, como si no se pudiera servir al interés nacional más que cerrando los ojos ante los compromisos de nuestros representantes.

Esta lógica es aún más perversa porque se autoalimenta. Cuanto más aceptan nuestros líderes estos compromisos, más normalizan la idea de que la política es necesariamente sucia. Y más alimentan la desconfianza de los ciudadanos hacia las instituciones democráticas.

El precio de la complacencia

Lo que más me impacta en este asunto es la facilidad con la que nuestros líderes asumen sus contradicciones. Starmer sabía que estaba asumiendo un riesgo al nombrar a Mandelson. Sus asesores lo habían advertido. Eligió hacer caso omiso, probablemente pensando que el asunto pasaría desapercibido o que los beneficios diplomáticos compensarían los costos políticos.

Es exactamente este tipo de cálculo el que alimenta el populismo. Cuando los ciudadanos ven a sus líderes aplicar dos pesos y dos medidas —la rigurosidad moral para los demás, la indulgencia para los suyos—, pierden confianza en el sistema democrático mismo.

El caso Mandelson no es solo un escándalo más. Es el síntoma de una democracia que ha perdido el sentido de la ejemplaridad. Nuestros líderes han olvidado que su legitimidad no se basa solo en su competencia técnica, sino también en su capacidad para encarnar los valores que dicen defender.

Starmer quería encarnar el renacer tras los años de caos conservador. Al cerrar los ojos ante las relaciones peligrosas de Mandelson, demuestra que no es más que un gestor más, dispuesto a todos los compromisos para preservar el orden establecido.