Hay algo profundamente revelador en esta pequeña frase soltada por Tulsi Gabbard: "Es a Trump decidir." Así que hemos vuelto a la era de la diplomacia personalizada, donde los riesgos nucleares se reducen al estado de ánimo de un hombre. Como si la amenaza iraní fuera un asunto de temperamento presidencial en lugar de una cuestión de estrategia nacional.
La exdemócrata convertida en trumpista nos ofrece hoy un espectáculo fascinante: aquella que ayer denunciaba las "guerras sin fin" de Washington se encuentra comentando las gesticulaciones nucleares de su nuevo jefe. El New York Times informa sobre sus declaraciones sobre la "inminente amenaza nuclear" iraní, pero omite subrayar la ironía de la situación. Gabbard, que había construido una reputación de anti-intervencionista, ahora avala una retórica que coquetea peligrosamente con la escalada.
Porque, al final, ¿de qué estamos hablando exactamente? ¿De una "amenaza inminente" que justificaría qué, exactamente? ¿Un ataque preventivo? ¿Nuevas sanciones? ¿O simplemente una enésima escalada verbal para desviar la atención de los fracasos internos? La belleza de esta comunicación trumpiana es que permite todos los fantasmas mientras no compromete a nada específico.
El arte de la ambigüedad estratégica
Lo que impacta en esta secuencia es la total ausencia de una doctrina coherente. Trump 2.0 nos sirve el mismo plato recalentado: amenazas espectaculares seguidas de giros impredecibles. Recordemos 2020: después de haber asesinado a Soleimani y amenazado con "atacar 52 sitios iraníes", el mismo Trump se jactaba de no haber "matado a nadie" durante su mandato. Hoy, seis años después, estamos de vuelta en el mismo teatro de sombras.
Gabbard, por su parte, actúa como equilibrista. Al devolver la decisión a Trump, se exime de toda responsabilidad mientras valida el principio mismo de esta diplomacia errática. Es el arte consumado de la política washingtoniana: parecer razonable mientras se avala lo irracional.
Pero lo más inquietante es esta referencia misteriosa a "una carta de uno de sus asistentes" que contradice las declaraciones presidenciales. ¿Qué carta? ¿Qué asistente? ¿Qué contradicciones? Esta información, deslizada sin explicación por el Times, revela quizás lo esencial: una administración que ni siquiera controla su propia comunicación sobre un tema tan sensible como el nuclear iraní.
Irán, eterno chivo expiatorio
Mientras tanto, Teherán continúa su estrategia milimétrica: avanzar en el nuclear civil mientras mantiene la ambigüedad sobre sus intenciones militares. Los iraníes han entendido desde hace tiempo que frente a Washington, hay que hablar fuerte y llevar un gran palo. Cada amenaza estadounidense refuerza su posición interna y justifica sus propias subidas de tono.
Esta dinámica perversa beneficia a todos: Trump puede actuar de duro ante su electorado, los iraníes pueden gritar sobre la agresión imperialista, y los intermediarios como Gabbard pueden presentarse como voces de la sabiduría. Los únicos perdedores en esta comedia son los ciudadanos estadounidenses e iraníes que sufren las consecuencias de esta escalada verbal permanente.
Porque más allá del espectáculo, las verdaderas preguntas permanecen: ¿qué está haciendo concretamente la administración Trump para prevenir la proliferación nuclear? ¿Qué alternativa propone al acuerdo de Viena que Trump había destrozado durante su primer mandato? ¿Cómo articula su política hacia Irán con sus relaciones con Israel y Arabia Saudita?
El vacío estratégico
A estas preguntas esenciales, solo tenemos respuestas en forma de tweets y declaraciones a la ligera. Gabbard misma, a pesar de ser exmilitar y supuesta experta en geopolítica, se limita a devolver la pelota a su jefe. Esta dimisión intelectual dice mucho sobre el estado de la reflexión estratégica estadounidense.
Irán merece más que una política exterior de geometría variable, dictada por encuestas y cálculos electorales. Los Estados Unidos también, por cierto. Pero mientras sigamos confundiendo firmeza con gesticulación, diplomacia con comunicación, estaremos dando vueltas en esta espiral estéril.
Tulsi Gabbard tiene razón en un punto: efectivamente, es a Trump decidir. El problema es que esta personalización extrema de la política exterior transforma los riesgos geoestratégicos en un reality show presidencial. Y en este tipo de espectáculo, siempre son los ciudadanos quienes pagan la cuenta.
